Erasmo de Rotterdam
Erasmo de Rotterdam El artificio, único e irrevocable, de esta obra consiste en su genial disfraz: Erasmo no habla por sà mismo para decir todas las amargas verdades que dirige a los poderosos de la tierra, sino que, en lugar suyo, hace que la Stultitiæ, la Locura, suba a la cátedra para pronunciar sus propias alabanzas. De ello se deriva un divertido quid pro quo. No se sabe nunca quién es en realidad el que tiene la palabra; ¿habla Erasmo seriamente, habla la Locura en persona, a la cual hay que perdonarle hasta lo más grosero y lo más descarado? Con esta ambigüedad, créase Erasmo una posición inexpugnable para todas las audacias; su opinión propia no se deja percibir, y si a alguien se le ocurriera encararse con él a causa de un ardiente latigazo o una mordiente palabra de mofa, como las esparce allà pródigamente en todas direcciones, puede rechazarlo con burla: «No lo he dicho yo, sino Dama Estulticia, y ¿quién tomará en serio los discursos de los locos?». Pasar de contrabando una crÃtica de los tiempos, en el tiempo de la censura y de la Inquisición, por medio de ironÃas y de sÃmbolos, habÃa sido siempre la única salida de los espÃritus libres en épocas de obscurantismo; pero rara vez habÃa alguien hecho, de este sagrado derecho de los locos a hablar libremente, un uso más hábil que el que hace Erasmo en esta sátira, que al propio tiempo representa la obra primera y más osada de su generación y también la más artÃstica. Seriedad y broma, saber y alegre burla, verdad y exageración, se entremezclan dando vueltas para formar un ovillo discoloro, que siempre vuelve a escapársele alegremente a uno de las manos cada vez que se le quiere coger para devanarlo seriamente. Y al compararlo con las groseras polémicas y las injurias sin ingenio de sus contemporáneos, bien puede comprenderse cómo este deslumbrador fuego de artificio, en medio de la obscuridad espiritual de todo un siglo, encantaba y libertaba.