Erasmo de Rotterdam
Erasmo de Rotterdam Pero el humanismo, según su modo de ser, jamás es revolucionario, y si Erasmo, por medio de sus excitaciones a la reforma de la Iglesia, proporciona los más importantes servicios al preparar el camino, luego, en conformidad con su ánimo conciliador y en extremo pacífico, se hace atrás, no sin espanto, ante un cisma manifiesto. Nunca juzgará Erasmo a la manera violenta, y que no admite contradicciones, de Lutero, de Zuinglio o de Calvino lo que está bien o lo que está mal en la Iglesia Católica, qué sacramentos hay que permitir y cuáles son impropios, si la comunión hay que considerarla substancial o no substancial; se limita sólo a acentuar que la observancia de las formas externas, en sí mismas, no es la verdadera esencia de la piedad cristiana, que únicamente en lo interior se decide la verdadera medida de la fe del ser humano. No el culto de los santos, no las peregrinaciones y el rezar los salmos, no la teología escolástica, con su estéril «judaísmo», hacen del hombre un cristiano, sino la calidad de su alma, su conducta humana y cristiana. Sirve mejor a los santos no el que colecciona sus huesos y los adora, no el que va en peregrinación a sus tumbas ni el que quema más cirios, sino quien en su existencia personal trata de imitar del modo más perfecto la piadosa vida de aquéllos. Más decisivo que la nimia observancia de todos los ritos y plegarias, de todos los ayunos y que oír todas las misas es la dirección personal de la vida en el espíritu de Cristo: «la quintaesencia de nuestra religión es la paz y la conformidad». Aquí, como en todos los casos, se ha esforzado Erasmo por elevar lo viviente hasta el nivel de lo general humano, en lugar de ahogarlo en formulismos. Trata, con conciencia de ello, de separar el cristianismo de lo puramente eclesiástico, poniéndolo en relación con lo universal humano; todo lo que alguna vez fue éticamente perfecto en los pueblos y en las religiones se esfuerza por introducirlo en la idea del cristianismo como elemento fecundador, y, en medio de un siglo de limitación y fanatismo dogmático, este gran humanista pronuncia la magnífica frase siguiente, dilatadora del mundo: «Dondequiera que encuentres la verdad, considérala como cristiana». Con ello queda tendido un puente hacia todos los tiempos y todas las zonas. Quien, como Erasmo, considera, con espíritu libre a la sabiduría, la piedad y la moralidad, dondequiera que estén, como formas de una más alta humanidad y, con ello, ya como cristianas, no arrojará ya al infierno, como los fanáticos clericales, a los filósofos de la Antigüedad («San Sócrates», exclama una vez, en su entusiasmo, Erasmo), sino que aportará a lo religioso todo lo noble y grande del pasado, «lo mismo que los judíos, al salir de Egipto, tomaron consigo sus utensilios de oro y plata, a fin de adornar con ellos su templo». Nada de lo que alguna vez ha sido importante fruto de la moral humana o del espíritu ético debe, según el concepto erasmista de la religión, ser separado del cristianismo por rígidas fronteras, pues, en lo humano, no hay verdades cristianas o paganas, sino que la verdad es divina en todas sus formas. Por ello nunca habla Erasmo de una teología de Cristo, de una doctrina de la fe, sino de una «filosofía de Cristo», por lo tanto, de una doctrina de conducta: el cristianismo no es para él si no un sinónimo de la moralidad alta y humana.