Erasmo de Rotterdam
Erasmo de Rotterdam Volver a las fuentes de la verdadera fe, buscarlas allí donde todavía corren con divina pureza y no mezcladas con ningún dogma: ésa había sido exigencia de Erasmo para la nueva Teología humanística, y, con su profundo instinto de las necesidades del tiempo, indica este trabajo como el más decisivo, quince años antes que Lutero. En 1504 escribe: «No soy capaz de expresar cómo me dirijo hacia los libros santos, con alas desplegadas, y cómo me repugna todo lo que me detiene lejos de ellos o, por lo menos, me retrasa». La vida de Cristo, tal como es referida en los Evangelios, no debe seguir siendo por más tiempo privilegio de frailes y curas, de la gente que sabe latín; todo el pueblo puede y debe participar en ella, «el aldeano debe leerla detrás de su arado, el tejedor en su telar»; la mujer tiene que poder transmitir a sus hijos este núcleo de todo el cristianismo. Pero, antes de que Erasmo se atreva a promover este gran pensamiento de una traducción a las lenguas nacionales, advierte el sabio que también la Vulgata, esa traducción única latina de la Biblia, consentida y aprobada por la Iglesia, ha experimentado posteriormente desfiguraciones, y que es atacable en sentido filológico. A la verdad no debe mantenerse adherida ninguna mácula terrena; de este modo emprende la inmensa tarea de volver a traducir de nuevo la Biblia al latín y acompañar sus discrepancias y sus concepciones más libres de un minucioso comentario crítico. Esta nueva traducción de la Biblia que, al mismo tiempo en griego y en latín, apareció en 1516 en la librería de Froben, en Basilea, vuelve a significar un paso hacia la revolución; también en la última Facultad, la Teología, ha penetrado victoriosamente, con ello, el libre espíritu investigador. Pero, cosa típica de Erasmo, también allí donde actúa como revolucionario, guarda hábilmente las formas exteriores, a fin de que el golpe más recio no se convierta en escándalo. Para romper el aguijón, anticipadamente, a todo ataque de los teólogos, dedica esta primera traducción libre de la Biblia al soberano señor de la Iglesia, al pontífice, y éste, León X, a su vez de ideas humanísticas, le responde afectuosamente con un breve: «Nos ha causado alegría», y hasta llega a alabar el celo con que Erasmo se dedica a las Sagradas Escrituras. Siempre supo Erasmo, en lo individual, gracias a su naturaleza conciliadora, sobreponerse al conflicto entre la investigación eclesiástica y la libre, que en todos los otros traía consigo la más espantosa hostilidad: su genio componedor y su arte de allanar con suavidad las dificultades triunfaban victoriosamente hasta en estas esferas llenas de tensión.