Erasmo de Rotterdam
Erasmo de Rotterdam Con estos libros, Erasmo conquistó a su época. Pronunció las palabras definidoras en los problemas decisivos para su generación, y la manera serena, humana, para todos comprensiva, con que llega a exponer los temas más candentes de su tiempo le proporciona ilimitadas simpatÃas. La humanidad experimenta siempre un agradecimiento profundo hacia aquellos que consideran posible un progreso por medio de la razón, y se comprende el encanto del nuevo siglo al saber que, después de los frailes exaltados, los fanáticos discutidores, los impÃos burlones y los ininteligibles maestros escolásticos, hay, por fin, un hombre en Europa que considera y valora las cosas espirituales y eclesiásticas únicamente desde el punto de vista de lo humano, un alma amiga de lo terrenal, que, a pesar de todos los inconvenientes, cree en este mundo y quiere llevarlo hacia la claridad. Ocurre asà lo que se da siempre cuando un hombre único se acerca resueltamente al decisivo problema de su época; junta alrededor de él toda una comunidad, y, con la callada expectación de los otros, aumenta su propio poder creador. Toda la fuerza, toda la esperanza, toda la impaciencia por una moralización y elevación de la humanidad merced a las ciencias recién aparecidas encuentra, por fin, en este hombre su foco central: él o nadie, piensan los otros, puede resolver la espantosa tirantez que llena aquella época. Por una pura gloria literaria, el nombre de Erasmo llega a tener, a principios del siglo XVI, una fuerza incomparable; podrÃa, si hubiera poseÃdo un ánimo más osado, aprovecharla, como dictador, para una acción reformadora de la Historia Universal. Pero el de la acción no es su mundo. Erasmo sólo puede explicar y no dar forma, sólo preparar y no realizar. No es su nombre el que llevará la Reforma escrito a su frente, otro ha de recolectar lo que él sembró.