Erasmo de Rotterdam

Erasmo de Rotterdam

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Para esta educación de la humanidad, el humanismo no conoce más que un solo camino: el de la cultura. Erasmo y los erasmistas piensan que lo humano en el hombre sólo puede ser acrecido por medio de la cultura y del libro, pues sólo el ineducado, sólo el no instruido, se entrega sin reflexión a sus pasiones. El hombre culto, el civilizado —aquí aparece el trágico paralogismo de su modo de pensar—, no es ya capaz de groseras violencias, y si los educados, los cultos y civilizados tuvieran en sus manos el poder político, se extinguiría por sí mismo lo caótico y bestial; la guerra y las persecuciones espirituales llegarían a ser decrépitos anacronismos. En su estimación exagerada de la civilización, los humanistas no comprenden las fuerzas primitivas del mundo de los impulsos, con su indomable violencia, y, con su optimismo cultural, convierten en cosa insignificante el espantoso problema, apenas soluble, del odio de las masas y de las grandes psicosis apasionadas de la humanidad. Sus cálculos son demasiado simples: para ellos, hay dos capas sociales, una inferior y otra superior; abajo, la muchedumbre sin civilizar, ruda y apasionada; arriba, el claro círculo de los educados, de los comprensivos, de los humanos, de los civilizados, y el principal trabajo les parece realizado cuando logran atraer partes cada vez mayores de la capa inferior de los incultos para unirlas a la superior de la cultura. Así como en Europa fue siendo labrada cada vez más tierra de la antes inculta, por la que vagaban, peligrosas y salvajes, las errantes fieras, así también, en lo humano, hay que lograr, sucesivamente, desarraigar de nuestros círculos europeos la sinrazón y la rudeza para crear una zona de humanidad libre, clara y fructífera. De este modo, en lugar del pensamiento religioso, colocan la idea de una ascensión incesante de la humanidad. La idea del progreso, mucho tiempo antes de que Darwin haga de ella un método científico, llega a ser un ideal moral, gracias a sus esfuerzos: sobre ella se apoyan los siglos XVIII y XIX; en muchos de sus aspectos, las ideas erásmicas han llegado a ser los principios capitales del moderno orden social. No obstante, nada sería más erróneo que ver en el humanismo, y más concretamente en el pensamiento de Erasmo, una doctrina democrática precursora del liberalismo. Ni por un momento piensan Erasmo ni los suyos en conceder el más pequeño derecho al pueblo, inculto y menor de edad —para ellos todo hombre inculto no ha alcanzado aún su mayoría—, y aunque aman a toda la Humanidad, cierto que en abstracto, se guardan mucho de ponerse en común con el vulgus profanum. Considerándolo más de cerca, en ellos, en vez del antiguo orgullo aristocrático, ha surgido uno nuevo; aquel envanecimiento académico, que vino extendiendo después sus efectos a través de tres siglos, que sólo al hombre que sabe latín, al formado en las universidades, le reconoce derecho para decidir sobre lo justo y lo injusto, lo moral y lo antiético. Los humanistas están tan resueltos a regir el mundo en nombre de la razón, como los príncipes en nombre de la fuerza y la Iglesia en el de Cristo. Sus sueños encañonan sus tiros hacia una oligarquía; el señorío de la aristocracia de la cultura: sólo los mejores, los más cultos, deben tomar a su cargo, en el sentido de los griegos, la dirección de la polis, del Estado. Gracias a su saber superior, a sus concepciones más clarividentes y más humanas, ellos solos se sienten llamados a intervenir, como mediadores y guías, en las disputas entre las naciones que se les representan como estúpidas y atrasadas; pero este mejoramiento de la situación no quieren, en modo alguno, alcanzarlo con ayuda del pueblo, sino por encima de la muchedumbre. Así que, en el fondo último, los humanistas no representan ninguna renuncia al régimen aristocrático y caballeresco, sino su renovación en una forma espiritual. Esperan conquistar el mundo con la pluma como aquéllos con la espada, y, sin saberlo, se crean, como aquéllos, su propia convención social que los aparta de los «bárbaros», una especie de ceremonial de corte. Ennoblecen sus nombres, traduciéndolos al latín o al griego, para velar, de este modo, su ascendencia popular; se llaman Melanchton en vez de Schwarzed, Mykonio en vez de Geisshüsler, Oleario en lugar de Oelshläger, Chytraeo en vez de Kochhafe y Cochlaeo en lugar de Dobnick; se visten, con especial cuidado, de negras y ondulantes vestiduras, para distanciarse ya exteriormente de la clase de los otros ciudadanos. Tendrían por humillación escribir un libro o una carta en su materno idioma, lo mismo que un caballero se indignaría si se le encargara de marchar con la chusma de a pie, con la tropa vulgar de infantería, en vez de ir delante a caballo. Cada cual se siente obligado a un especial y distinguido porte en el trato y comercio social, por su ideal colectivo de cultura; evitan las palabras violentas y cultivan la cortesía urbana, como especial deber, en una época de grosería y rudeza. Oralmente y por escrito, en su palabra y porte, estos aristócratas del espíritu se esfuerzan por alcanzar distinción en su ánimo y expresiones, y, de este modo, todavía se espeja un último reflejo de la moribunda caballería, que bajaba a la tumba con el emperador Maximiliano, en esta orden espiritual que había tomado como pendón el libro en lugar de la cruz. Y así como la noble caballería sucumbía ante la fuerza grosera de los cañones que vomitan hierro, así también este noble escuadrón idealista caerá bellamente, pero sin vigor, ante el ataque robusto, de campesina fuerza, de la revolución popular de un Lutero y un Zuinglio.


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