Erasmo de Rotterdam

Erasmo de Rotterdam

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Porque precisamente este apartar la mirada del pueblo, esta indiferencia hacia la realidad, quitó de antemano al imperio de Erasmo toda posibilidad de duración, y a sus ideas la inmediata fuerza actuante: la falta orgánica fundamental del humanismo era el querer instruir al pueblo desde lo alto, en lugar de intentar comprenderlo y aprender de él. Estos idealistas académicos creían dominar ya porque su imperio se extendía muy a lo lejos; porque en todos los países, cortes, universidades, conventos e iglesias tenían sus servidores, sus embajadores y legados, que anunciaban orgullosamente los progresos de la eruditio y de la eloquentia en territorios hasta entonces bárbaros; pero, en lo más profundo, este imperio no comprendía sino una tenue capa superficial y estaba débilmente arraigado en la realidad. Cuando, desde Polonia y Bohemia, desde Hungría y Portugal, traíanle todos los días a Erasmo entusiastas mensajes; cuando todos los señores de la Tierra, emperadores, reyes y papas, solicitaban su favor, podía, en muchos momentos, el sabio encerrado en su cuarto de estudio abandonarse a la ilusión de que el imperio de la ratio estaba ya permanentemente establecido. Pero, por encima de estas cartas latinas, no percibía el silencio de las grandes muchedumbres de millones de hombres, ni tampoco la queja que amenazaba cada vez con mayor violencia desde inconmensurables profundidades. Ya que el pueblo no existía para él, ya que lo consideraba como poco fino e indigno de que un hombre culto llegara a solicitar el favor de las masas y tratara, en general, con los ineducados, con los «bárbaros», el humanismo, nunca existió más que para los happy few y no para el pueblo, y su platónico imperio de la humanidad, en resumidas cuentas, no fue más que un imperio de nubes, que durante una hora breve iluminó al mundo entero, maravilloso de ver, puro producto del espíritu creador, el cual desde su altura miraba a sus pies, dichosamente, un mundo oscurecido. Pero una verdadera tormenta —ya se apelotona en la obscuridad— no puede ser resistida por este frío y artificial producto, y sin lucha irá a recaer en lo ya perecido.


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