Erasmo de Rotterdam
Erasmo de Rotterdam Porque, y ésta era la más profunda tragedia del humanismo y la causa de su rápido ocaso, sus ideas eran grandes, pero no lo eran los hombres que las proclamaban. Una pizca de ridiculez va unida a estos idealistas de cuarto cerrado, como lo va siempre a los reformadores del mundo puramente académicos; almas áridas todos ellos, bien intencionados, honrados, un poco pedantes, vanos, que ostentan sus nombres latinos como en una espiritual mascarada; una pedanterÃa de maestro de escuela cubrÃa de polvo, en todos ellos, los más florecientes pensamientos. Estos pequeños camaradas de Erasmo son conmovedores en su ingenuidad profesoral, algo semejantes a las buenas gentes qué también hoy vemos reunidas en asociaciones filantrópicas y de mejoramiento social, idealistas teóricos que creen en el progreso como en una religión, soñadores despiertos que en sus mesas de escribir construyen un mundo moral y redactan tesis sobre la paz perpetua, mientras en el mundo real una guerra sucede a otra y precisamente los mismos papas, emperadores y prÃncipes que rinden, encantados, un tributo de aplausos a sus ideas de mutua tolerancia, pactan, al propio tiempo, unos con otros y en contra de los otros, y prenden fuego al mundo entero. Si se encuentra un nuevo manuscrito de Cicerón, cree ya el clan humanista que todo el Universo tiene que resonar con sus clamores de júbilo; cualquier libelillo provoca su cólera y su pasión. Pero lo que agita al hombre de la calle, lo que rige fundamentalmente en lo profundo de las muchedumbres, eso no lo saben ni quieren saberlo, y, como permanecen encerrados en sus estancias, su bien intencionada palabra pierde toda resonancia en la realidad. Por este apartamiento fatal, por esta carencia de pasión y de popularidad, el humanismo no logró nunca hacer fructificar en la realidad sus ideas más fructÃferas. El magnÃfico optimismo contenido en el fondo de su doctrina no era capaz de desarrollarse creadoramente y de desplegarse, porque entre estos pedagogos teóricos de las ideas humanistas no se encontraba uno solo a quien le hubiera sido otorgado el poder natural de la palabra fuerte para lanzar a gritos sus llamadas hasta lo profundo del pueblo. Un pensamiento grande y santo quedó seco para varios siglos por obra de una generación sin ánimos.