Erasmo de Rotterdam
Erasmo de Rotterdam No obstante, era hermosa esta hora universal en la que la santa nube de la confianza en la Humanidad brillaba, con sus mansos e incruentos resplandores, sobre nuestra tierra europea, y si su ilusión de que ya estaba logrado el reunir en pacífica unidad a los pueblos bajo el signo del espíritu era también un poco precipitada, debemos salir a su encuentro con respeto y gratitud. Siempre fueron necesarios al mundo hombres que se negaran a creer que la historia no sea nada más que una roma y monótona repetición de sí misma, un juego sin sentido que se renueva siempre de igual modo con cambiados ropajes, sino que confían, sin pruebas para ello, en que el curso de la vida de la Humanidad significa un progreso moral, en que nuestra especie, por invisibles escalones, asciende desde la bestialidad a la divinidad, de la brutal violencia hacia un sabio espíritu de ordenación y que este último, el grado supremo de la completa concordia humana, está ya próximo, ya casi alcanzado. El Renacimiento y el humanismo produjeron uno de tales minutos optimistas de fe universal; por eso, amamos ese tiempo y veneramos su fértil delirio. Pues por primera vez se desarrolló entonces en nuestra estirpe europea la confianza en sí misma, para superar a todas las épocas anteriores y formar una Humanidad más alta, más instruida y más prudente aún que la de Grecia y Roma. Y la realidad parece dar razón a estos primeros heraldos del optimismo europeo, pues, ¿no ocurrieron en aquellos días maravillas que excedían a todas las anteriores? ¿En Durero y Leonardo no se produjeron unos nuevos Zeuxis y Apeles y en Miguel Ángel un nuevo Fidias? ¿No coordina la ciencia a los astros y al mundo terrestre, según nuevas y claras leyes científicas? El dinero, que fluye a torrentes de los países nuevos, ¿no proporciona inconmensurables riquezas, y estas riquezas un nuevo arte? ¿Y no logró la acción mágica de Gutenberg que, de ahora en adelante, la palabra creadora, la engendradora de cultura, se esparza a millares sobre la tierra? No, no puede pasar mucho tiempo, tal como lo proclaman con júbilo Erasmo y los suyos, antes de que la humanidad, conocedora de sus propias fuerzas y tan pródigamente dotada de ellas, tenga que reconocer su misión ética, vivir en lo por venir únicamente de un modo fraternal, proceder moralmente y extirpar de modo eficaz los residuos de su naturaleza bestial. Como son de trompeta, resonaban sobre el mundo las palabras de Ulrich von Hutten: «Es un placer vivir», y, llenos de fe e impaciencia, los ciudadanos del imperio erasmista de la nueva Europa ven desde las almenas una raya de luz resplandeciendo en el horizonte del porvenir, que, después de una larga noche espiritual, parece anunciar por fin el día de la reconciliación universal.