Erasmo de Rotterdam

Erasmo de Rotterdam

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Pues la misión y el sentido de la vida de Erasmo era realizar la síntesis armónica de lo contradictorio en el espíritu de la humanidad. Había nacido con un carácter armonizador, o, para hablar como Goethe, que era semejante a él en la repulsa de todo lo extremo, con «una naturaleza comunicativa». Toda poderosa subversión, todo tumulto, toda turbia disputa entre las masas, oponíase, ante su sensibilidad, al claro ser de la razón del mundo, a cuyo servicio sentíase obligado como fiel y sereno mensajero, y en especial la guerra, como la más grosera y desaforada forma de resolver internas oposiciones, le parecía incompatible con una humanidad que pensara moralmente. El arte singular de limar conflictos mediante una bondadosa comprensión, de aclarar lo turbio, de concertar lo embrollado, de casar de nuevo lo desunido y dar a lo disgregado un más alto enlace común, era la auténtica fuerza de su paciente genio, y con gratitud, sus contemporáneos llamaron simplemente «erasmismo» a esta voluntad de comprensión que actuaba en plurales formas. Para este «erasmismo» es para lo que aquel hombre quería ganar el mundo. Como reunía en su misma persona todas las formas del poder creador, y a un tiempo era poeta, filólogo, teólogo y pedagogo, consideraba también como posible, en el ámbito total del mundo, el enlace de lo irreconciliable aparentemente; ninguna esfera fue inalcanzable, o ajena, a su arte de conciliador. Para Erasmo no existía ninguna oposición moral irreducible entre Jesús y Sócrates, entre doctrina cristiana y sabiduría antigua, entre piedad y moralidad. Ordenado sacerdote, admitió a los paganos, en el sentido de la tolerancia, en su espiritual celeste paraíso, y los colocó fraternalmente junto a los padres de la Iglesia; la filosofía, como la teología, era para él una forma de buscar a Dios, e igualmente pura; no levantaba la mirada hacia el cielo cristiano con menor fe que con gratitud hacia el Olimpo griego. El Renacimiento, con su sensual y alegre superabundancia, no le parecía, al igual que Calvino y otros fanáticos, como enemigo de la Reforma, sino como su hermano más libre. No avecindado en ningún país, pero familiar con todos, primer cosmopolita y europeo consciente, no reconocía ninguna superioridad de una nación sobre las otras, y como había enseñado a su corazón a valorar sólo a los pueblos en virtud de sus espíritus más nobles y cultivados, en razón de su élite, todos le parecían dignos de afecto. Convocar a todos estos espíritus selectos de todos los países, razas y clases para formar una gran liga de gente cultivada, esta elevada tentativa tomóla a su cargo Erasmo como meta propia de su vida, y al levantar al latín, la lengua que estaba sobre las lenguas, a una nueva forma artística y capacidad de exposición, creó para los pueblos de Europa —¡cosa inolvidable!—, por espacio de una hora universal, una forma supernacional y unitaria de pensamiento y expresión. Su dilatado saber volvía agradecido la vista hacia lo pasado; su creyente sentido dirigíase, lleno de esperanza, hacia lo porvenir. Pero apartaba tenazmente la vista de la barbarie del mundo, que aspira, una y otra vez, a confundir, zopenca y malignamente, el plan divino con permanente hostilidad; sólo la esfera superior, la que crea y da forma, atraíale fraternalmente, y consideraba como misión de todo hombre espiritual dilatar y amplificar este espacio, a fin de que alguna vez, como la luz del cielo, abarque, unitaria y puramente, a toda la humanidad. Pues ésta era la fe más íntima de este temprano humanismo (y su hermoso, su trágico error): Erasmo y los suyos consideraban posible el progreso de la humanidad por medio de la ilustración, y confiaban en la capacidad educativa, tanto de los individuos como de la totalidad, mediante una difusión más general de la cultura, de los escritos, estudios y libros. Estos tempranos idealistas tenían una conmovedora y casi religiosa confianza en la capacidad de ennoblecimiento de la naturaleza humana por medio del perseverante cultivo de la enseñanza y la lectura. Como hombre de letras que creía en los libros, no dudó jamás Erasmo de la perfecta posibilidad de que la moral fuera enseñada y aprendida. Y la solución del problema de la armonización completa de la vida parecíale ya garantizada por esta humanización de la humanidad, soñada por él como muy próxima.


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