Los Ojos del hermano eterno

Los Ojos del hermano eterno

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El amanecer no se hizo esperar: el nuevo día se despertaba más allá del bosque y encendía las palmeras con el rojo resplandor del alba, que emitía destellos cual antorchas reflejadas en el río. La herida flameante de Oriente, el sol, estalló teñido de sangre. Entonces, Virata se puso en pie, se despojó de las vestiduras, se acercó al río con los brazos levantados por encima de la cabeza y se inclinó para orar ante el ojo resplandeciente de dios; luego, entró en el río para hacer las abluciones prescritas y se enjuagó la sangre de las manos. Pero cuando la luz de las blancas olas le rozó la cabeza, retrocedió hasta la orilla, se cubrió con las vestiduras y, con el rostro radiante, volvió a la tienda para examinar a la luz del día las hazañas nocturnas. Los muertos yacían inertes, conservando aún el terror en el semblante: los ojos abiertos y las bocas torcidas en un rictus de espanto; con la frente aplastada el antirrey y con el pecho hundido el traidor que había sido general en jefe del país de los birwagh. Virata les cerró los ojos y siguió su recorrido para ver a los otros, los que había matado mientras dormían. Yacían medio cubiertos aún por los jergones; dos de los rostros le resultaron extraños: eran esclavos del traidor que los había seducido llegados de las tierras del sur, de pelo rizado y piel oscura. Pero cuando dio la vuelta a la última cara para mirarla se le nubló la vista, pues pertenecía a su hermano mayor Belangur, el príncipe de las montañas, al que había hecho venir en su ayuda y al que, sin saberlo, había matado con sus propias manos durante la noche. Se inclinó, tembloroso, encima del corazón del infeliz, que, acurrucado, yacía sobre el suelo. Pero ya no latía, y rígidos miraban aquellos ojos abiertos cuyas cuencas negras lo penetraban hasta la médula. Virata, sin poder tomar aliento, permaneció inmóvil como un muerto entre los muertos y con la mirada fija en la lejanía, para que los ojos del que su madre había alumbrado antes que a él no lo acusasen del crimen.


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