Los Ojos del hermano eterno

Los Ojos del hermano eterno

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Al poco rato, empero, el viento le trajo un gran griterío: los siervos, chillando como los pájaros del bosque, regresaban de la persecución, con espíritu alegre y provistos de un rico botín. Cuando hallaron muerto al antirrey, en medio de sus huestes, y a las garzas sagradas en lugar seguro, empezaron a bailar y a saltar, y a besar a Virata, que permanecía entre ellos inmóvil, ausente y con las vestiduras colgando de cualquier manera, y lo enaltecieron con nombres nuevos, como «El Rayo de la Espada». Y venían cada vez más y más, y cargaban el botín en los carros, pero las ruedas se hundían tanto bajo su peso que tenían que golpear a los búfalos con fustas y los esquifes amenazaban con zozobrar. Un bote zarpó desde el río a toda prisa para llevar la buena nueva al rey, mientras los demás remoloneaban en torno al botín y celebraban la victoria. Pero Virata permanecía sentado en silencio y con expresión soñadora en el rostro. Una sola vez levantó la voz, cuando sus hombres querían robar la vestimenta de los muertos. Se puso en pie y les ordenó que recogieran madera para convertirla en leña y que, sobre esas piras, amontonasen y quemasen los cadáveres, para que sus almas entraran purificadas en la transmigración. Los siervos se asombraron de que Virata procediese así con unos conspiradores cuyos cuerpos más bien merecían ser devorados por los chacales del bosque, y sus esqueletos, acabar emblanqueciéndose bajo la furia del sol; pero obedecieron sus órdenes. Una vez listas las piras, Virata en persona encendió el fuego, y esparció perfume y sándalo sobre la leña en llamas. Luego, volvió el rostro y permaneció en silencio hasta que la madera cayó convertida en brasas y el rescoldo quedó sepultado por la ceniza.


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