Los Ojos del hermano eterno

Los Ojos del hermano eterno

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Mientras, los esclavos habían terminado el puente que el día anterior habían empezado a construir, arrogantes, los siervos del antirrey. Por él desfilaron los guerreros coronados con flores de plátano, tras ellos los siervos y, finalmente, los príncipes a caballo. Virata les dejó pasar porque sus cánticos y gritos de júbilo le atravesaban el alma, y, cuando echó a andar, lo separaba de ellos una distancia considerable, tal y como su voluntad había dispuesto. Se detuvo en medio del puente para mirar, durante un buen rato a su derecha y a su izquierda, el agua que corría debajo… Los guerreros, sorprendidos, se detuvieron para apostarse delante y detrás de su persona, protegiendo el lugar. Y vieron cómo levantaba el brazo con la espada, como si quisiera blandirla contra el cielo, pero acabó por bajarlo, aflojó el puño y dejó caer la espada en el agua. Desde las dos orillas saltaron al río niños desnudos para recuperarla, imaginándose que se le había deslizado de las manos por un descuido, pero Virata, con una señal severa, les ordenó retroceder y siguió caminando entre sus siervos, atónitos, con rostro impenetrable y frente sombría. Ni una sola palabra afloró en sus labios durante la marcha, hora tras hora, por el camino amarillento de la patria.




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