Los Ojos del hermano eterno
Los Ojos del hermano eterno Aún les separaba un buen trecho de las puertas de jaspe y las torres dentadas de Birwagha cuando, a lo lejos, vieron recortarse sobre el cielo una nube blanca; la nube se acercaba veloz y levantaba remolinos de polvo: era gente a pie y a caballo. Al divisar el ejército en marcha, el gentío se detuvo y se extendieron alfombras en las calles, señal de que el rey, cuyas suelas jamás tocan el polvo terrenal, desde que nace hasta que muere, que es cuando las llamas abrasan su cuerpo purificado, saldría a su encuentro. Y, acudiendo desde lejos, ya se aproximaba el rey, montado en su viejísimo elefante y rodeado por sus pajes. El elefante, obedeciendo la fusta, se arrodilló y el rey posó su pie sobre la alfombra extendida. Virata quiso inclinarse ante su señor, pero el rey, después de acercársele, lo rodeó con los dos brazos, un honor a un súbdito jamás visto ni registrado en los libros. Virata mandó traer las garzas y, cuando las aves batieron sus alas blancas, se produjo un estallido de alegría tan atronador que los corceles se encabritaron y los guías tuvieron que apaciguar a los elefantes con la fusta. El rey, al ver los signos de la victoria, volvió a abrazar a Virata y, con una señal de la mano, ordenó acercarse a un siervo. Éste llevaba la espada del padre de los héroes rajputianos, que había permanecido guardada en la real cámara del tesoro desde hacía siete veces siete siglos, una espada que tenía la empuñadura blanca, por el color de sus piedras preciosas, y cuya hoja lucía unas palabras misteriosas de victoria que, escritas con signos de oro y en la lengua de los antepasados, ni siquiera conocían ya los sabios y los sacerdotes del gran templo. Y el rey entregó a Virata la espada de las espadas como ofrenda de gratitud y como muestra de que, en lo sucesivo, él sería el más grande de sus guerreros y el comandante de sus pueblos.