Los Ojos del hermano eterno

Los Ojos del hermano eterno

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Pero Virata, mirando al suelo con la cabeza baja, no la levantó mientras decía:

—¿Puedo rogar una gracia al más clemente de los soberanos y una súplica al más magnánimo?

El rey bajó los ojos y le respondió:

—Concedidas, incluso antes de que abras los ojos para mirarme. Y si me pides la mitad del reino, es tuyo sin que tengas que mover los labios.

Y habló Virata:

—Entonces, permite, oh soberano, que esta arma siga guardada en la cámara del tesoro, pues, en lo profundo de mi corazón, he jurado que, desde hoy, nunca más asiré espada alguna; he matado a mi propio hermano, el único que salió del mismo vientre que yo y con el cual jugué en los brazos de nuestra madre.

El rey, aturdido, se quedó mirándolo. Al cabo de un rato, dijo:

—En tal caso, que el más grande de mis guerreros esté sin espada; así sabré que mi reino está seguro ante cualquier enemigo, pues nunca héroe alguno había guiado mejor un ejército contra fuerzas superiores en número. Toma mi ceñidor como símbolo de poder, y este caballo mío, para que todo el mundo te reconozca como el más grande de mis guerreros.

Pero Virata volvió a inclinar el rostro hacia el suelo y respondió:


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