Los Ojos del hermano eterno

Los Ojos del hermano eterno

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Pero jamás pronunció su boca mensaje de muerte, ni siquiera con los más culpables; Virata, además, siempre se negó a prestar oídos a aquellos que se lo aconsejaban, pues no soportaba la sangre. Con el paso de los años, la lluvia acabó por dejar inmaculado el pozo redondo de los antepasados rajputianos, en cuyo brocal el verdugo colocaba las cabezas de los condenados para cortárselas y cuyas piedras habían llegado a teñirse de negro, de tanta sangre derramada. Y, aun así, el país no se volvió a ver sacudido por disturbios ni calamidades. Virata encerraba a los malhechores en prisiones talladas en las rocas o los enviaba a las montañas, donde tenían que picar piedra para los muros de los jardines, o a los molinos de arroz, a orillas del río, donde con ayuda de los elefantes hacían girar las ruedas. Pero respetaba la vida y los hombres lo respetaban a él, pues jamás habían detectado un fallo en sus sentencias, ni negligencia en sus preguntas, ni cólera en sus palabras. Desde tierra adentro, en carros de búfalos, acudían a él campesinos con sus pleitos, para que él hiciese de mediador; los sacerdotes escuchaban su palabra y el rey, sus consejos. Su fama crecía como crece el bambú joven, firme y brillante, en una noche, y los hombres olvidaron cómo se llamaba antes, pues al que enaltecieran como «El Rayo de la Espada», ahora lo llamaban, en todo el país rajputa, «La Fuente de la Justicia».


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