Los Ojos del hermano eterno
Los Ojos del hermano eterno Cuando Virata ya llevaba seis años impartiendo justicia desde los escalones de la entrada, un día unos querellantes llevaron ante él a un muchacho de la tribu de los kazar: salvajes que habitaban en las rocas y que adoraban otros dioses. El joven tenía los pies agrietados de tantos días de caminar y cuatro cadenas rodeaban sus fuertes brazos, para impedir que atacase a alguien, pues sus ojos amenazadores refulgían airados bajo sus oscuras cejas. Condujeron al preso hasta la escalinata y lo obligaron a arrodillarse ante el juez, luego se inclinaron en una reverencia y levantaron los brazos en señal de queja.
Virata dirigió una mirada estupefacta a los forasteros.
—¿Quiénes sois, hermanos, que venís de lejos, y quién es ese al que traéis ante mí cargado de cadenas?
El más viejo hizo una reverencia y dijo: