Los Ojos del hermano eterno
Los Ojos del hermano eterno —Somos pastores, señor, y vivimos pacíficamente al oeste del país, pero éste es el peor de los malvados, un monstruo que ha matado a más hombres que dedos tiene en las manos. Un hombre se negó a entregarle a su hija como esposa, porque los de la tribu de éste son de costumbres impías, comen perros y matan vacas, y la dio a un comerciante del valle. Entonces, él, furioso, entró de noche en nuestros hogares como un ladrón, mató al padre y a sus tres hijos, y cada vez que alguno de los pastores de aquel hombre llevaba el rebaño hasta los límites de las montañas, él lo mataba. Quitó la vida a once hombres de nuestra aldea, hasta que nos juntamos para atrapar al malvado, lo perseguimos como a una bestia salvaje y lo hemos traído ante el más justo de los jueces para que libre al país de este bárbaro criminal.
Virata miró al encadenado desde los pies hasta la cabeza.
—¿Es verdad lo que dicen?
—¿Quién eres tú? ¿El rey?
—Soy Virata, su servidor y servidor de la justicia, velo por que las culpas sean expiadas y separo lo verdadero de lo falso.
El encadenado guardó silencio durante unos instantes. Después, miró a Virata con ojos severos.