Los Ojos del hermano eterno
Los Ojos del hermano eterno —¿Cómo puedes saber qué es verdadero y qué es falso si lo miras todo desde lejos, pues en tu saber, tan sólo te nutres de las palabras de los hombres?
—Para descubrir la verdad, me gustaría contrastar sus argumentos con tus réplicas.
El encadenado arqueó las cejas con desprecio.
—No discuto con ellos. ¡¿Cómo puedes saber qué he hecho si ni siquiera yo mismo sé lo que hacen mis manos cuando me consume la rabia?! He dado su merecido a un hombre que vendió a una mujer por dinero y he castigado a sus hijos y siervos. Si quieren, pueden querellarse contra mí. Yo los desprecio como desprecio tu veredicto.
Un torrente de ira atravesó el ánimo de los presentes al oír cómo aquel criminal empedernido injuriaba a un juez tan ecuánime, y un servidor del tribunal ya alzaba su vara de púas para descargar un bastonazo sobre el desalmado. Pero Virata le ordenó con un gesto que bajase el brazo y volvió a repetir las preguntas. Después de recibir una respuesta de los querellantes volvía a interrogar al encadenado. Pero éste se limitaba a rechinar los dientes en una risa malévola y tan sólo una vez habló:
—¿Cómo pretendes saber la verdad a partir de las palabras de los otros?