Los Ojos del hermano eterno

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Era mediodía y el sol caía a plomo sobre las cabezas cuando Virata dio por terminadas las preguntas. Se levantó y, como de costumbre, se disponía a irse a casa y pronunciar su veredicto al día siguiente. Pero los querellantes alzaron las manos:

—Señor —dijeron—, hemos caminado siete días para presentarnos ante ti y otros siete días tardaremos en volver a casa. No podemos esperar hasta mañana, porque el ganado se muere de sed y el campo debe ser arado. Señor, te lo suplicamos, dicta tu sentencia.

Y Virata volvió a sentarse sobre el escalón y se puso a reflexionar. Su rostro aparecía tan tenso como el de aquel que lleva un peso muy grande sobre los hombros, pues nunca se había visto obligado a pronunciar sentencia sobre alguien que no pedía clemencia ni se defendía con la palabra. Reflexionó durante un rato muy largo, mientras las sombras crecían con el paso de las horas. Finalmente, se acercó a la fuente, se lavó la frente y las manos con agua fresca para liberar sus palabras del fuego de la pasión, y dijo:




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