Los Ojos del hermano eterno

Los Ojos del hermano eterno

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—Sea justa la sentencia que ahora pronunciaré. Este hombre es culpable de homicidio, ha separado a once personas vivas de sus cuerpos calientes y las ha enviado al mundo de la transmigración. La vida de un hombre tarda un año en madurar, encerrado en el vientre de la madre. De modo que, por cada una de sus víctimas, pase el acusado un año encerrado en la oscuridad de la tierra. Y como once veces ha derramado sangre del cuerpo humano, que sea azotado once veces cada año, hasta que le brote sangre, y así pagará su crimen de acuerdo con el número de sus víctimas. Pero que no se le castigue quitándole la vida, pues la vida pertenece a los dioses y no le está permitido al hombre tocar aquello que es divino. Que sea justa la sentencia que he pronunciado y que no sirva para satisfacer venganza alguna.

Y volvió Virata a sentarse en los escalones y los querellantes los besaron en señal de respeto. El encadenado, sin embargo, clavó una mirada tétrica en el juez, que también lo observaba, inquisidor. Y dijo entonces Virata:

—Te he interrogado para que pidieras clemencia y me ayudaras a rebatir los argumentos de tus acusadores, pero tus labios han permanecido sellados. Si hay error en mi sentencia, no me acuses a mí ante el Eterno, sino a tu propio silencio. Yo quería mostrarme clemente contigo.

El encadenado se encolerizó:


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