Los Ojos del hermano eterno
Los Ojos del hermano eterno Virata lo libró de la cadena y se quitó la ropa.
—Toma, coge estas ropas y dame las tuyas, y tápate la cara para que no te reconozcan los guardianes. Y ahora, con esta navaja, córtame el pelo y la barba para que tampoco me reconozcan a mí.
El preso cogió la navaja, pero su mano, temblorosa, no lo obedeció. Sin embargo, la imperiosa mirada del otro lo penetró de tal manera que acabó haciendo lo que se le había ordenado. Guardó silencio durante un buen rato. Luego, se lanzó a los pies del juez y las palabras empezaron a brotar de su boca como un grito:
—Señor, no puedo consentir que sufras por mi culpa. Yo he matado, he derramado sangre con mi mano fogosa. Tu sentencia era justa.
—Tú no la puedes ponderar, como tampoco puedo hacerlo yo, pero pronto me llegará la iluminación. Y ahora márchate y haz lo que has jurado hacer, y el día de la luna llena comparece ante el rey para que me saque de aquí: para entonces, habré logrado pleno conocimiento de mis actos y mi palabra jamás contendrá injusticia alguna. ¡Márchate!
El preso se inclinó y besó el suelo…
Pesada cayó la puerta en la oscuridad, una vez más saltó la luz de la antorcha sobre las paredes, mas luego, la noche se precipitó sobre las horas.