Los Ojos del hermano eterno
Los Ojos del hermano eterno A la mañana siguiente, Virata fue conducido al campo que se extendía delante de la ciudad y, sin ser reconocido por nadie, fue azotado. Cuando cayó sobre su espalda desnuda el primer latigazo, brusco, Virata lanzó un grito. Luego, apretó fuertemente los dientes. Sin embargo, tras el latigazo setenta, después de que se oscurecieran sus sentidos, se lo llevaron como un animal muerto.
Se despertó echado de espaldas sobre el suelo de la celda y le pareció que lo estaba sobre un fuego ardiendo. La frente, por el contrario, la tenía fría y cada vez que tomaba aire aspiraba el olor de hierbas silvestres: notó que le tocaba el pelo una mano de la que goteaba tila. Abrió poco a poco las rendijas de sus párpados y vio a su lado a la mujer del guardián, que con esmero le limpiaba la frente. Y cuando, finalmente, acabó por abrir del todo los ojos para mirarla, vio cómo, a través de la mirada de la mujer, lo contemplaba la estrella de la compasión. Y a través del fuego de su propio sufrimiento, conoció el sentido de todos los sufrimientos y la clemencia de la bondad. Le dirigió una débil sonrisa y ya no sentía dolor.