Los Ojos del hermano eterno
Los Ojos del hermano eterno Al segundo dÃa, ya pudo levantarse y palpar con la mano el frÃo cubÃculo en que se encontraba. SentÃa cómo, con cada paso que daba, aparecÃa ante él un mundo nuevo; al tercer dÃa se le habÃan cicatrizado todas las heridas y su cuerpo recuperaba la fuerza y los sentidos. PermanecÃa quieto, sentado, y sabÃa que las horas seguÃan su curso sólo por las gotas de agua que caÃan de la pared, dividiendo el gran silencio reinante en pequeños momentos que silenciosamente se convertÃan en dÃa y en noche, al igual que una vida hecha de miles de dÃas avanza hacia la madurez y la vejez. Nadie le hablaba y la oscuridad le entumecÃa la sangre, pero desde su interior brotaban recuerdos multicolores como de un manantial apacible, manaban muy despacio para desembocar en un tranquilo estanque de contemplación, donde se reflejaba toda su vida. Todo lo que habÃa experimentado dividido en pequeños retazos fluÃa ahora formando un todo, y una claridad lÃmpida, sin oleadas, sostenÃa una imagen purificada, suspendida sobre su corazón. Jamás habÃan sido sus sentidos más puros que en aquel momento de contemplación queda de su mundo reflejado.