Los Ojos del hermano eterno
Los Ojos del hermano eterno Dieciocho días gozó Virata del misterio divino de contemplación abnegada, libre de su propia voluntad y del instintivo deseo de vivir. Lo que hacía en un acto de expiación se le reveló como una bendición, y sabía en su fuero interno que culpa y fatalidad no eran sino visiones del eterno anhelo del saber. En la decimonona noche, sin embargo, se despertó alarmado: le había sobrevenido un pensamiento terrenal que había penetrado en su cerebro como una aguja incandescente. El miedo agitaba su cuerpo en una tortura terrible y los dedos de la mano le temblaban como tiemblan las hojas del árbol. Y el pensamiento estremecedor era éste: que el preso lo olvidase y no cumpliese su juramento, y que él tuviese que permanecer allí miles y miles y miles de días, hasta que la carne se le desprendiera de los huesos y la lengua se le volviera rígida de tanto silencio. Una vez más la voluntad de vivir saltó dentro de él como una pantera para desgarrar la envoltura corporal: el tiempo entró a raudales en su alma, y penetraron en ella el miedo y la esperanza, sentimientos contradictorios que confunden al hombre. Ya no podía pensar en el dios de las mil formas de la vida eterna, sino sólo en sí mismo; sus ojos anhelaban luz, sus piernas, que chocaban con la dura piedra, ansiaban espacio: querían correr y saltar. Debía pensar en la mujer y los hijos, la casa y la hacienda, en la tentación ardiente del mundo que embriaga los sentidos y llena la sangre con el calor de la vida.