Los Ojos del hermano eterno

Los Ojos del hermano eterno

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El tiempo, que hasta entonces había permanecido mudo a sus pies como un estanque negro y liso, inundó su pensamiento cual un torrente; crecía por momentos como una riada, pero siempre en su contra. Él deseaba que lo arrancase de allí y se lo llevase, como a un trozo de madera que salta sobre aguas embravecidas, hacia la hora fijada para su liberación. Pero el tiempo se empecinaba en correr en su contra: respirando con dificultad, el nadador, desesperado, hacía grandes esfuerzos por arrebatarle las horas, una tras otra. Y le pareció que, a partir de un cierto momento, las gotas de agua de la pared tardaban en caer, por lo alargado que se había vuelto el lapso de tiempo entre una y otra. Ya no podía seguir tumbado sobre la yacija. La idea de que el otro lo olvidase y que él tendría que pudrirse en aquella cueva de silencio lo empujaba a ir de una pared a otra como una peonza. El silencio lo asfixiaba: gritó a las paredes con palabras ya injuriosas, ya lastimeras, se maldijo a sí mismo y maldijo a los dioses y al rey. Arañó la roca escarnecedora con uñas ensangrentadas y dio cabezazos en la puerta hasta que cayó en el suelo, sin sentido, para volver a levantarse una vez despierto y, como una rata rabiosa, recorrer el cubículo de pared a pared.




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