Los Ojos del hermano eterno

Los Ojos del hermano eterno

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Aquellos días, desde el decimoctavo de su confinamiento hasta la luna nueva, vivió en un mundo de terror. Le repugnaba la comida y la bebida a causa del miedo que se había adueñado de su cuerpo. No podía pensar en nada; tan sólo se movían sus labios, que contaban las gotas que caían dividiendo un tiempo interminable, día tras día. Y sin que se diera cuenta, se le había vuelto gris el pelo que cubría sus sienes palpitantes.

Al trigésimo día, empero, se oyó un ruido ante la puerta y, luego, volvió el silencio. Al cabo de un rato se oyeron pasos, la puerta se abrió de repente dejando que irrumpiese la luz, y ante el hombre enterrado en las tinieblas apareció el rey en persona. Abrazó con amor al juez mientras decía:

—Me he enterado de tu acto, el cual es más grande que todos los que figuran en los libros de los padres. Brillará como una estrella sobre la bajeza de nuestra vida. Sal al exterior para que te ilumine la luz de dios y para que el dichoso ojo del pueblo vea a un hombre justo.

Virata se puso la mano ante los ojos porque la deslumbrante luz, a la cual ya no estaba acostumbrado, le abrasaba la mirada, y, en su interior, la sangre púrpura corría espesa. Se puso de pie como un borracho, y los siervos tuvieron que sostenerlo. Sin embargo, antes de alcanzar la puerta, habló:


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