Los Ojos del hermano eterno
Los Ojos del hermano eterno —Me has llamado hombre justo, rey, pero yo ahora sé que el que imparte justicia comete injusticias y se llena de culpa. TodavÃa hay hombres en estas profundidades que sufren por culpa de mis palabras, y yo, quien hasta ahora no comprendÃa su sufrimiento, sé que no existe nada con que resarcir sus delitos. Suéltalos, rey, y dispersa al pueblo deseoso de verme porque me avergüenzan sus elogios.
El rey hizo una señal y los siervos echaron a la gente. Volvió a reinar el silencio. Luego, el rey dijo: —Te sentabas sobre el escalón más alto del palacio para impartir justicia. Pero ahora, cuando gracias al sufrimiento ilustrador te has convertido en el más sabio de los jueces, te sentarás a mi lado, para que yo pueda escuchar tu palabra y para que también yo aprenda algo de tu ecuanimidad.
Pero Virata rodeó con los brazos las rodillas del monarca en señal de súplica:
—¡LÃbrame de mi cargo! Soy incapaz de volver a pronunciar sentencia alguna, desde el momento en que sé que nadie puede ser juez de nadie. Castigar es cosa de dios, no del hombre, y el que toca el destino cae en falta. Yo quiero vivir mi vida sin culpa.