Los Ojos del hermano eterno
Los Ojos del hermano eterno —Pues que asà sea —respondió el rey—: no serás juez del reino, sino consejero de mis actos, para que, con tu ecuanimidad, me aconsejes en guerra y paz, en impuestos y tributos, y para que no me equivoque en mis decisiones.
Virata volvió a abrazar las rodillas del rey.
—No me des poder, rey, porque el poder impele a la acción, ¿ y qué acción es justa, rey, y cuál no atenta contra el destino del otro? Si aconsejo guerra, siembro la muerte, y todo lo que digo se convierte en acción, y toda acción engendra un significado que ignoro. Sólo puede ser justo aquel que no toma parte en el destino ni en la obra ajena; aquel que vive solo: nunca me habÃa acercado más a la verdad que cuando estaba solo, sin la palabra de los hombres, ni tampoco más libre de culpa. Permite que viva tranquilo en mi casa, sin otra obligación que la del sacrificio a los dioses, para purificarme de toda culpa.
—Aunque a disgusto, sà te doy mi permiso — dijo el rey—, pues ¿quién puede contradecir a un sabio y truncar la voluntad de un hombre justo? Vive tal y como lo deseas, pues ya es un honor para mi reino que dentro de sus fronteras viva y trabaje un hombre sin culpa.