Los Ojos del hermano eterno
Los Ojos del hermano eterno Luego, se acercaron a la puerta y el rey le dejó marcharse. Virata partió solo y aspiró el dulce aire del sol, con el alma más liviana que nunca porque regresaba a casa libre de cargos y obligaciones. A sus espaldas se oían pisadas furtivas de unos pies descalzos, y, cuando volvió la cabeza, vio que eran las del condenado cuya tortura había aceptado. El condenado besó el polvo de las pisadas de Virata, se inclinó ante él, temeroso, y desapareció. Virata, por primera vez desde que había visto la mirada fija de su hermano, volvió a sonreír y, contento, enfiló el camino a casa.