Los Ojos del hermano eterno

Los Ojos del hermano eterno

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El rey ordenó que sonaran los címbalos de cobre y los blancos cuernos de marfil desde el alba hasta el crepúsculo; de noche se encendían hogueras en las torres y en las llamas se echaban escamas de pescado trituradas para que, al quemarse, despidiesen destellos de color amarillo bajo las estrellas en señal de peligro. Pero acudieron pocos; la noticia del robo de las garzas sagradas había caído como una losa sobre los corazones de los comandantes y les arrebató el coraje: los guerreros de más fuste, los guardianes de los elefantes y los generales más experimentados ya se habían pasado al bando enemigo; en vano buscó amigos el desvalido rey (pues había sido un señor severo, un juez inflexible y un recaudador de diezmos cruel). No vio ante el palacio a ninguno de sus capitanes de confianza, ni comandante alguno, tan sólo un grupo de siervos y esclavos desconcertados.

En medio de tamaño apuro, el rey se acordó de Virata, quien, al oír la primera llamada de los cuernos, le había enviado un mensaje de lealtad. Ordenó que se le preparase la silla de brazos de ébano y que se le llevase hasta la puerta de su morada. En cuanto se levantó de la silla, Virata se inclinó ante él hasta tocar el suelo, pero el soberano lo abrazó y le rogó que capitaneara el ejército contra el enemigo. Virata se inclinó de nuevo y habló:


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