Maria Estuardo
Maria Estuardo En las decisiones fuertes, siempre se pone espléndidamente de manifiesto la diferencia de temperamento entre María Estuardo e Isabel. María se muestra decidida, su valor siempre es impaciente, de corto aliento y rápido. Isabel, en cambio, conforme a su naturaleza temerosa, titubea a la hora de tomar sus decisiones. Antes de que termine de pensar en si da a su tesorero la orden de equipar un ejército y apoyar abiertamente a los rebeldes, María Estuardo ya ha descargado el golpe. Dicta una proclamación en la que ajusta cuentas con los rebeldes: «No están satisfechos acumulando riqueza sobre riqueza y honor sobre honor, quieren tenernos por entero en sus manos a Nos y a Nuestro reino, para disponer de él a su gusto y forzamos a Nos a actuar tan sólo conforme a su consejo… en pocas palabras, quieren ser reyes ellos y permitimos a Nos como mucho el título, pero reservándose la administración del reino». Sin perder una hora, esta brava mujer salta a la silla de montar. Con las pistolas al cinto, su joven esposo a su lado sobre un arnés dorado, rodeada por los nobles que le siguen siendo fieles, cabalga contra los rebeldes a la cabeza de su ejército, rápidamente reunido. De la noche a la mañana, la caravana de los esponsales se ha convertido en campaña bélica. Y esa decisión demuestra su eficacia. Porque la mayoría de los barones adversarios se inquieta ante esta nueva energía, tanto más cuanto que la ayuda prometida por Inglaterra no se produce e Isabel sigue enviando confusas palabras en vez de un ejército. Uno tras otro, todos vuelven con la cabeza baja ante su soberana legítima, tan sólo Moray se niega a doblegarse y no lo hará; pero antes de que, abandonado por todos, pueda reunir un verdadero ejército, ya ha sido batido y tiene que huir. La victoriosa pareja real le sigue hasta la frontera, en duras y audaces cabalgadas. A mediados de octubre, se salva a duras penas refugiándose en territorio inglés.