Maria Estuardo
Maria Estuardo Ahora Isabel tiene la coartada que deseaba. Está completamente limpia. Y, con el más bello énfasis teatral, puede tronar a su cómplice ante el embajador: «¡Ahora habéis dicho la verdad! Porque ni yo ni nadie en mi nombre os ha instigado contra vuestra reina. Tan vil traición sólo podÃa dar un mal ejemplo y animar a mis propios súbditos a rebelarse contra mÃ. Por eso, cuidad de desaparecer de mi presencia. Sois un indigno traidor».
Moray inclina la cabeza, quizá para ocultar que sus labios sonrÃen levemente. No ha olvidado las muchas libras entregadas a su propia esposa y a los otros lores en nombre de la reina, ni las cartas, las invocaciones de Randolph, las promesas de la cancillerÃa. Pero sabe que, si acepta ser chivo expiatorio, Isabel no le arrojará al desierto. También el embajador francés guarda silencio, respetuoso en apariencia, como hombre de cultura sabe apreciar una buena comedia. Sólo al llegar a casa sonreirá, sentado a solas ante su atril, cuando informe a ParÃs de la escena. Quizá en ese momento tan sólo Isabel no se divierte; probablemente ni ella cree que nadie le haya creÃdo. Pero por lo menos nadie se ha atrevido a dudar abiertamente, se han guardado las apariencias, ¡qué importa la verdad! Soberana y muda, sale de la estancia haciendo susurrar sus amplios vestidos.