Maria Estuardo
Maria Estuardo Éste es el último martillazo destinado a endurecer el ya férreo corazón de esta mujer ofendida. Sabe que sólo tiene que hacer dos cosas: salvar su honor real con esa fuga y traer al mundo un hijo, un heredero de la corona… pero luego, ¡venganza para todos los que han contribuido a humillarla! ¡Venganza también de aquel al que ahora la necedad convierte en ayudante! Sin dudar un instante, esa mujer embarazada de cinco meses se sienta en una silla de montar de hombre detrás de Arthur Erskine, el fiel capitán de su guardia: con ese extraño se siente más segura que con su esposo, que, sin esperarla, sale de estampida para ponerse a salvo a sí mismo. En un solo caballo, Erskine y, aferrada a él, María Estuardo, recorren a galope tendido veintiuna millas hasta el castillo de lord Seton. Allí ella consigue al fin un caballo propio y una escolta de doscientos jinetes; al alborear el día, la fugitiva ha vuelto a convertirse en soberana. Por la mañana, llega a su castillo de Dunbar. Pero en vez de entregarse al descanso, en vez de concederse un respiro, pone enseguida manos a la obra: no basta con llamarse reina, en horas tales hay que combatir para serlo de veras. Escribe y dicta cartas a todas partes para congregar a los nobles que le siguen siendo fíeles, para reunir un ejército contra los rebeldes que han ocupado Holyrood. ¡La vida se ha salvado, ahora se trata de la corona, del honor! Siempre que se trata de venganza, siempre que la pasión hace hervir sus venas, esta mujer sabe vencer todas las debilidades, todo el cansancio, siempre en esos instantes grandes y decisivos su corazón está a la altura de sus fuerzas.