Maria Estuardo
Maria Estuardo A primera vista, puede parecer extraño que semejante pasión elemental, como la de María por Bothwell, siga con tanta rapidez a su anterior inclinación por Darnley. Y, sin embargo, precisamente esa evolución es la única lógica y natural. Porque, como cualquier otro gran arte, también el amor ha de ser aprendido, puesto a prueba y experimentado. Nunca o casi nunca —como en el arte— el primer intento da la solución perfecta: esa ley eternamente válida de la psicología, de que una pasión de máximo grado presupone una anterior e inferior como escalón previo, la mostró de manera grandiosa en su obra el mejor conocedor del alma humana, Shakespeare. Quizá el punto más genial de su inmortal tragedia de amor es que no empieza (como lo habría hecho un artista menor y alguien menos conocedor) con la inflamación repentina del amor de Romeo por Julieta, sino, de forma en apariencia paradójica, con Romeo enamorado de una tal Rosalinda. Conscientemente, se antepone un error del corazón a la ardiente verdad, un estadio previo, escolar y medio inconsciente, precede a la maestría; Shakespeare muestra en su espléndido ejemplo que no hay conocimiento sin previa intuición, no hay placer sin previo placer y, para que un sentimiento eleve su llama hasta el infinito, tiene que haber sido excitado y prendido ya una vez. Cuando Romeo se encuentra interiormente en un estado de tensión, porque su alma fuerte y apasionada anhela pasión, la voluntad de amar se tiende al principio de forma tonta y ciega hacia el primer objeto, esa Rosalinda completamente casual, y sólo entonces, cuando se ha vuelto visionario y consciente, cambia ese amor a medias por el amor completo, a Rosalinda por Julieta. Exactamente así le ocurrió al principio a María Estuardo con su sentimiento todavía ciego hacia Darnley sólo porque, joven y guapo, llegó en el momento oportuno. Pero su pobre aliento era demasiado débil para alimentar la brasa interior de ella. Él no era capaz de elevarla a los cielos del éxtasis, ella no podía arder y abrasarse. Así que esa brasa seguía ardiendo oscuramente, excitando los sentidos y sin embargo defraudando el alma, un atormentado estado de consunción interior con la llama ahogada. Pero en cuanto llegó el hombre adecuado, aquel al que le estaba dado terminar con ese tormento, el que dio aire y alimento a ese rescoldo ahogado, el fuego contenido se alzó en una única llamarada hasta todos los cielos y los infiernos. Exactamente igual que el sentimiento de Romeo por Rosalinda se disuelve sin dejar rastro en su verdadera pasión por Julieta, así María Estuardo olvida enseguida su insensata inclinación por Darnley a manos del entregado éxtasis por Bothwell. Porque siempre es la forma y el sentido de toda pasión última alimentarse de la anterior. Todo lo que una persona toma por pasión se hace realidad tan sólo en un verdadero amor.