Maria Estuardo

Maria Estuardo

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2 Juventud en Francia 1548-1559

La corte francesa tiene larga experiencia en costumbres distinguidas y es irreprochable en la misteriosa ciencia de las ceremonias. Un Enrique II, un Valois, sabe cuál es la dignidad que corresponde a la prometida de un Delfín. Incluso antes de su llegada, firma un decreto por el que la reinette, la pequeña reina de Escocia, habrá de ser saludada a su paso por todas las ciudades y pueblos de su camino con los mismos honores que si fuera su propia hija. Así, ya en Nantes espera a María Estuardo una plétora de encantadoras atenciones. No sólo se levantan en todas las esquinas galerías con emblemas clásicos, diosas, ninfas y sirenas, no sólo se mejora el humor de su tropa de escolta con unas cuantas barricas de sabroso vino, no sólo se disparan en su honor fuegos artificiales y salvas de artillería… incluso un ejército liliputiense de ciento cincuenta niños, todos ellos menores de ocho años, desfila ante la pequeña reina con sus blancas ropitas, reunido en una especie de regimiento de honor, con pífanos y tambores, con picas y alabardas en miniatura. Y así va sucediendo de pueblo en pueblo: en una ininterrumpida sucesión de festejos, la reina niña María Estuardo llega finalmente a Saint-Germain. Allí, esa niña que aún no tiene seis años ve por primera vez a su prometido, un chiquillo de cuatro años y medio, débil, pálido y raquítico, al que su sangre envenenada destina de antemano a la enfermedad y la temprana muerte, y que saluda tímido y huidizo a su «novia». Tanto más cordialmente la reciben los otros miembros de la real familia, extasiados por su encanto infantil, y Enrique II la llama entusiasmado en una carta «la plus parfayt entfant que je vys james», la niña más perfecta que jamás ha visto.


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