Maria Estuardo
Maria Estuardo Ahora, la rueda corre hacia el abismo con furioso giro. Consternados, los ciudadanos murmuran y refunfuñan acerca del escarnio sin parangón infligido al derecho, los amigos de María Estuardo parecen perturbados y tienen «sore hearts», el corazón sombrío. Les resulta doloroso no poder advertir a la enloquecida. «Era —escribe Melville, su más fiel amigo— un feo asunto tener que ver cómo esa buena princesa corría hacia su ruina sin que nadie la avisara del peligro.» Pero María Estuardo no quiere oír, no quiere dejarse advertir, un oscuro placer a la hora de arriesgarse a lo más absurdo la sigue impulsando, no quiere mirar a su alrededor, no quiere preguntar ni escuchar, tan sólo avanza hacia su perdición, ménade de sus sentimientos. Un día después de que Bothwell haya desafiado a la ciudad, ofende a todo el país concediendo a este notorio criminal el más alto honor que Escocia puede dar; de manera solemne, hace que en la apertura del Parlamento Bothwell lleve los símbolos de la nación, la corona y el cetro. ¿Quién puede dudar aún de que mañana Bothwell se pondrá en la cabeza esa corona que hoy ya se le permite llevar en las manos? Y, de hecho, Bothwell —es algo que no deja de fascinar en este hombre indómito— no es hombre de secretos. Descarada, enérgica y abiertamente, se dirige a reclamar su premio. No tiene vergüenza en hacer que el Parlamento le regale «por sus distinguidos servicios», «for his great and manifold gud service», el castillo más fuerte del país, Dunbar, y como ya ha reunido a los lores y los ha hecho dóciles a su voluntad, les pone con dureza el puño en la cerviz para arrancarles lo último que le falta: su consentimiento a la boda con María Estuardo. Por la noche, cuando el Parlamento cierra sus puertas, invita, como gran señor y dictador militar, a toda la pandilla a una cena en Ainslies Tavern. Allí se bebe a conciencia, y cuando la mayoría ya están borrachos —uno piensa en la famosa escena de Wallenstein—, presenta a los lores un bond que no sólo les obliga a defenderle contra cualquier calumniador, sino también a designarlo, a él, el «noble puissant Lord», como digno esposo de la reina, después de que Bothwell ha sido declarado inocente por los Peers y dado que «por otra parte Su Majestad carece actualmente de marido», dice este famoso escrito, y «el bien común exige que descienda a casarse con uno de sus súbditos, concretamente el lord mencionado arriba». Se comprometen, «tan cierto como que han de rendir cuentas a Dios», a apoyar a dicho conde y defenderlo contra todo el que quiera impedir o perturbar esa boda, y a dar por ello sus bienes y su sangre.