Maria Estuardo
Maria Estuardo Nada da un giro tan trágico a la trayectoria de MarÃa Estuardo como el hecho de que el destino ponga todo el poder temporal en sus manos de forma tan engañosamente fácil. La ascensión se produce de forma tan meteórica —a los seis dÃas reina de Escocia, a los seis años prometida de uno de los prÃncipes más poderosos de Europa, a los diecisiete años reina de Francia— que ya tiene en sus manos el máximo de poder exterior antes de que su vida interior haya realmente comenzado. Todo cae sobre ella desde un invisible cuerno de la abundancia, en apariencia inagotable, y nada es adquirido por su propia voluntad, arrebatado con sus propias fuerzas, nada es esfuerzo y nada mérito, todo es herencia, don y regalo. Como en un sueño, en el que todo pasa de manera fugaz y colorida, se ve vestida para la boda y para la coronación, y antes de que pueda comprenderla con unos sentidos despiertos esta primavera anticipada ha pasado ya, marchita, ida, y ella despierta defraudada, expoliada, saqueada, trastornada. A una edad en la que otras empiezan a desear, a esperar, a codiciar, ella ya ha recorrido todas las posibilidades del triunfo sin haber tenido tiempo ni trabajo para comprenderlas intelectualmente. Pero esa prematura velocidad de su destino encierra también el germen secreto de su inquietud e insatisfacción: quien ha sido tan pronto la primera persona de un paÃs, de un mundo, ya nunca podrá conformarse con una forma de vida inferior. Sólo las naturalezas débiles renuncian y olvidan, las fuertes no se someten, y retan a combate incluso a un destino superior en fuerzas.