Maria Estuardo

Maria Estuardo

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20 La última ronda 1584-1585

Los años fluyen, semanas, meses, años pasan como las nubes sobre esta vida solitaria, en apariencia sin tocarla. Pero el tiempo cambia imperceptiblemente a las personas y el mundo que las rodea. Ha llegado a la cuarentena, punto de inflexión en la vida de una mujer, y María Estuardo sigue prisionera, sigue sin ser libre. La ancianidad la roza ya sigilosamente, la raya del pelo se vuelve gris, el cuerpo más rollizo, más corpulento, los rasgos más tranquilos y de matrona, su carácter empieza a llevar el sello de una cierta melancolía, que se traduce de preferencia en lo religioso. Pronto, la mujer tiene que sentirlo en su interior, habrá pasado irrevocablemente el tiempo del amor, el tiempo de la vida: lo que ahora no se haga ya no se hará, la tarde ha llegado, oscurece ya la cercana noche. Hace mucho que no se aproxima ningún pretendiente, quizá nunca llegue uno: un poco más, y la vida estará definitivamente perdida. ¿Sigue teniendo sentido esperar y esperar el milagro de la liberación, la ayuda de un mundo titubeante y descuidado? En estos últimos años, aumenta por momentos la sensación de que esta mujer duramente probada ya está interiormente harta de luchar, y empieza a estar dispuesta al acuerdo y la renuncia. Con frecuencia creciente, hay horas en las que se pregunta si no es necio languidecer tan inútilmente, tan sin quererlo, como una flor en la sombra, si no será mejor comprar la libertad quitándose de forma voluntaria la corona de la cabeza que empieza a encanecer. En el cuadragésimo año, María Estuardo empieza a cansarse cada vez más de esa vida pesada, vacía, poco a poco la furiosa voluntad de poder se afloja y se convierte en una suave y mística nostalgia de la muerte; en una de esas horas escribe, a medias queja, a medias oración, estas conmovedoras líneas en latín en una hoja:


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