Maria Estuardo
Maria Estuardo Cuanto más dura esta lucha terrible, pérfida y cruel, grandiosa y dura, tanto más abrupto es el enfrentamiento de las dos viejas adversarias, MarÃa Estuardo e Isabel. Isabel cosecha éxito tras éxito en su polÃtica. Se ha reconciliado con Francia, España sigue sin atreverse a la guerra, ha mantenido la supremacÃa frente a todos los descontentos. Sólo un enemigo, mortalmente peligroso, sigue en pie en este paÃs, y es esa mujer vencida y sin embargo invencible. Sólo cuando la haya eliminado será de verdad la vencedora. Pero tampoco a MarÃa Estuardo le queda más objeto para su odio que Isabel. Una vez más, en una hora salvaje de desesperación, se ha vuelto a su pariente, a su hermana en el destino, y ha apelado a su humanidad con arrolladora pasión. «No puedo soportarlo más, madame —grita en ese grandioso escrito—, y como estoy muriendo tengo que llamar por su nombre a los culpables de mi muerte. A los más viles criminales en sus cárceles se les permite ser oÃdos para justificarse, y se les dice el nombre de sus acusadores y fiscales. ¿Por qué se me niega ese derecho precisamente a mÃ, una reina, vuestra pariente más próxima y legÃtima heredera? Creo que precisamente esta última exigencia ha sido hasta ahora la verdadera causa por parte de mis enemigos… Pero tienen, ay, pocos motivos y ninguna necesidad de seguir torturándome por esa razón, porque juro por mi honor que ya no espero ningún otro reino que el reino de Dios, para el que estoy interiormente preparada, porque es el mejor fin de todas mis angustias y tormentos.» Por última vez, en este fervor de la más Ãntima veracidad, conjuraba a Isabel a liberarla de su prisión: «Por el honor y los sufrimientos de nuestro Salvador y Redentor, os invoco una vez más a que me permitáis retirarme desde este reino a algún lugar tranquilo, a buscar un poco de reposo para mi cansado cuerpo, que está agotado por las incesantes penas, y que me permitáis preparar mi alma para Dios, que ya me está llamando a su presencia todos los dÃas… Concededme este favor antes de morir, para que mi alma, en cuanto quede apaciguada toda disputa entre nosotras, no se vea obligada, desprendida del cuerpo, a llevar vuestras quejas ante Dios y acusaros del mal que me habéis hecho padecer en este mundo». Pero Isabel se mantiene muda ante esta conmovedora apelación, no está dispuesta a pronunciar ni una sola palabra de aliento. Entonces, también MarÃa Estuardo aprieta los labios y los puños. Ya sólo conoce un sentimiento, el odio, frÃo y caliente, un odio pertinaz y ardiente contra esta mujer, y desde ahora ese odio apunta, tanto más afilado y más mortal, contra esa única persona, porque todos sus demás adversarios y enemigos han desaparecido; todos han caÃdo unos a manos de otros. Como si esa misteriosa maldición que emana de MarÃa Estuardo, alcanzando a todos aquellos a los que odia o ama, quisiera hacerse visible, todos sus adeptos o enemigos, todos los que lucharon por ella o contra ella, la han precedido. Todos los que la acusaron en York, Moray y Maitland, han muerto de forma violenta, todos lo que iban a juzgarla en York, Northumberland y Norfolk, han puesto la cabeza en el tajo; todos los que un dÃa se conjuraron contra Darnley y después contra Bothwell se han quitado de en medio mutuamente, todos los traidores de Kirk o’Field y Carberry y Langside se han traicionado a sà mismos. Todos esos obstinados lores y condes de Escocia, toda esa horda salvaje, peligrosa, sedienta de poder, se han matado los unos a los otros. El campo de batalla está vacÃo. Ya no queda nadie al que poder odiar más que Isabel. La gigantesca lucha entre pueblos de hace dos décadas se ha convertido en un combate singular. Y en esta lucha de mujer contra mujer ya no hay negociación, ahora es cuestión de vida o muerte.