Maria Estuardo
Maria Estuardo Y, grandiosa contrapartida de esta contenida y altiva calma de la condenada de Fotheringhay: la inseguridad, el furioso nerviosismo, la rabiosa e iracunda confusión de Isabel en Londres. María Estuardo está decidida, e Isabel lucha por decidirse. Su rival nunca le ha hecho sufrir tanto como ahora que la tiene por entero en sus manos. Durante esas semanas Isabel pierde el sueño, pasa días en un lúgubre silencio, se le nota ocupada sin cesar con esa única e insoportable idea de si debe firmar la sentencia de muerte, de si debe hacerla ejecutar. Da vueltas a la idea como Sísifo a la roca, pero una y otra vez cae con toda su fuerza sobre su pecho y le oprime el alma. En vano le hablan los ministros, su conciencia sigue hablando más fuerte. Rechaza todas las propuestas y exige sin cesar otras nuevas. Cecil la encuentra «variable como el tiempo», ora quiere la muerte, ora la gracia, pregunta una y otra vez y apremia a sus amigos con que si no habría «otro camino», mientras en lo más hondo de su alma sabe que no lo hay. ¡Si pudiera ocurrir, si pudiera hacerse sin su conocimiento, sin su orden expresa, por ella en vez de a sus manos! Continuamente la estremece el miedo a la responsabilidad, compara sin cesar las ventajas y desventajas de acto tan llamativo, y para desesperación de sus ministros aplaza sin fecha la decisión con palabras ambiguas, irritadas, nerviosas y oscuras. «With weariness to talk, her Majesty left off all till a time I know not when», sin ganas de hablar, Su Majestad lo deja todo para un momento que no sé cuándo será, se queja Cecil, que como frío e inteligente calculador no comprende la angustia de esta alma estremecida. Porque aunque le ha puesto un duro carcelero a María Estuardo, otro mucho más duro, el más cruel que hay en el mundo, tiene presa ahora día y noche a Isabel: su conciencia.