Maria Estuardo

Maria Estuardo

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Desde luego, el hijo de María Estuardo no se ahorra una enojosa prueba de paciencia: no llega de un salto al trono inglés, como había soñado, no se paga el precio de su venal indulgencia tan aprisa como él había esperado. Tiene —la más dura prueba para el ambicioso— que esperar, esperar, esperar. Quince años, casi tanto como su madre estuvo en prisión encerrada por Isabel, tiene que dormitar inactivo en Edimburgo, y esperar, esperar, esperar, hasta que al fin el cetro cae de la mano fría de la anciana. Se sienta malhumorado en sus castillos de Escocia, va de caza a menudo, escribe tratados sobre cuestiones religiosas y políticas, pero su principal ocupación sigue siendo la larga, vacía y enojosa espera de que llegue cierta noticia de Londres. Durante mucho tiempo, no llega. Porque es como si la sangre derramada de su rival avivara las venas de Isabel. Se vuelve cada vez más fuerte, cada vez más segura, cada vez más sana desde la muerte de María Estuardo. Han pasado sus noches insomnes, la febril inquietud de la conciencia que sufrió en los meses y años de indecisión se compensa con la paz que ahora se ha regalado a su país, a su vida. Nadie más en el mundo se atreve a disputarle el trono, e incluso a la Muerte le opone una energía apasionada, incluso a ella le niega su corona. La septuagenaria, dura e inflexible, no quiere morir, vaga durante días de una estancia a otra, no aguanta en el lecho, no aguanta en su cuarto. De manera terrible y grandiosa, se defiende para no dejar a nadie en el mundo el sitio por el que tan dura y despiadadamente luchó.


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