Maria Estuardo
Maria Estuardo Los primeros tres años que la joven reina pasa en Escocia como reina viuda transcurren con bastante calma y carencia de acontecimientos: forma parte de la especial modulación de su destino el que todos los grandes acontecimientos se concentren siempre (y es lo que tanto ha atraído a los dramaturgos) en episodios muy cortos, dotados de la fuerza de los elementos. Moray y Maitland gobiernan, María se encarga de las tareas de representación durante esos años, y ese reparto del poder se revela espléndido para todo el reino. Porque tanto Moray como Maitland gobiernan de manera inteligente y cauta. María Estuardo cumple a su vez magníficamente con sus tareas de representación. Dotada por la Naturaleza de belleza y encanto, versada en todas las artes caballerescas, amazona de audacia viril, hábil bailarina, apasionada cazadora, su apariencia misma despierta general admiración: el pueblo de Edimburgo mira orgulloso a la hija de los Estuardo cuando por la mañana temprano, con el halcón en el puño alzado, sale al campo en medio de su abigarrada cabalgata y responde amable y cordial a cada saludo: algo alegre, algo conmovedor y romántico, un rayo de juventud y de belleza ha llegado con esta reina adolescente al severo y oscuro país, y la belleza y la juventud de un soberano siempre se gana, misteriosamente, el amor de una nación. Los lores a su vez aprecian la audacia varonil de su carácter. Durante días, esta joven es capaz de preceder a su séquito en un furioso galope, la primera y la más incansable; igual que bajo esa amabilidad que se gana a los corazones hay un orgullo férreo aún sin desplegar, ese cuerpo de mujer esbelto como una vara, delicado, ligero y tierno, esconde una inusual energía. Ningún esfuerzo es excesivo para su ardiente valor, y en una ocasión, en medio del placer de la agitada cacería a caballo, dice a un acompañante que quisiera ser un hombre para saber cómo es pasar toda la noche al raso. Cuando el regente Moray va a la guerra contra el clan rebelde de los Huntly, ella cabalga decidida a su lado, con la daga al costado y las pistolas al cinto; la ardiente aventura, con su nuevo y fuerte estímulo de furia y peligro, le complace, porque el más íntimo secreto de esta naturaleza decidida es el deseo de emplear a fondo toda su energía, todo su amor, toda su pasión. Pero por otra parte, igual que tiene la sencillez y resistencia de un cazador, de un guerrero en esas cabalgatas y viajes, es capaz de ser en su palacio la soberana en el más alto arte y la cultura, la más alegre, la más amable en su pequeño mundo; su corta edad reúne, de manera modélica en verdad, el ideal de su época: valor y ligereza, fuerza y suavidad, en una figura romántica y caballeresca. Una última luz de la caballería trovadoresca resplandece con ella en el frío y neblinoso mundo nórdico, cubierto ya por la sombra de la Reforma.