Memorias de un europeo El mundo de ayer

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La sinceridad y la inocencia que emanaban de aquel candoroso poeta, hoy olvidado incluso en Alemania, desviaba quizás intuitivamente mi atención del presidente electo de los «Venideros», a pesar de que era un hombre con unas ideas y palabras que más adelante habrían de ser decisivas para muchísima gente en el momento de escoger su forma de vida. En la persona de Rudolf Steiner, a quien más tarde sus partidarios dedicaron, como fundador de la antroposofía, las escuelas y academias más suntuosas donde enseñar su teoría, encontré de nuevo, después de Theodor Herzl, a un hombre llamado por el destino a servir de guía a millones de seres. Como individuo, no parecía tanto un líder como Herzl, pero era más seductor. Sus ojos oscuros albergaban una fuerza hipnótica y yo lo escuchaba mejor y con más sentido crítico cuando no lo miraba, porque su cara ascética y macilenta, marcada por la pasión intelectual, era muy apropiada para producir un gran efecto de persuasión, y no sólo en las mujeres. En aquella época, Rudolf Steiner no había elaborado aún su propia teoría, sino que se hallaba todavía en la etapa de investigación y aprendizaje; a veces nos leía comentarios sobre la teoría de los colores de Goethe, cuya imagen, en su exposición, se tornaba más fáustica, más paracélsica. Era emocionante escucharlo, porque su erudición era asombrosa y, comparada sobre todo con la nuestra, que se limitaba exclusivamente a la literatura, de una variedad espléndida. De sus conferencias y de más de una charla privada con él, yo siempre volvía a casa impresionado y un tanto abatido. No obstante, si hoy me pregunto si en aquellos momentos hubiera profetizado a aquel joven tanta influencia filosófica y ética en las masas, para vergüenza mía debería decir que no. De su espíritu investigador esperaba grandes cosas para la ciencia y no me habría sorprendido demasiado oír hablar de un gran descubrimiento biológico logrado gracias a su genio intuitivo, pero cuando, muchos años más tarde, vi en Doruach el grandioso Goetheanum, aquella «Escuela de la sabiduría” que los alumnos habían fundado en su nombre como academia platónica de la «antroposofía», me sentí más bien decepcionado de que su influencia se hubiera inclinado tanto hacia amplios aspectos de la vida real que eran, en parte, incluso banales. No me permito emitir ningún juicio sobre la antroposofía, porque hasta ahora no veo claro qué pretende y qué significa; creo incluso que, en esencia, su fuerza seductora nacía no de una idea, sino de la fascinante personalidad de Rudolf Steiner. Sin embargo, para mí fue de un provecho incalculable conocer a un hombre de tanta fuerza magnética, y precisamente en aquella primera etapa, en que todavía se comunicaba con los más jóvenes amistosamente y sin dogmatismos. En su saber fantástico y a la vez profundo descubrí que la verdadera universidad, de la que, con nuestra petulancia de bachilleres, creíamos habernos adueñado ya, no se alcanzaba a fuerza de lecturas y discusiones pasajeras, sino sólo con años de agotadores esfuerzos.


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