Memorias de un europeo El mundo de ayer

Memorias de un europeo El mundo de ayer

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Pero en la época de asimilación, cuando resulta fácil entablar amistades y aún no se han solidificado las diferencias sociales y políticas, un hombre joven aprende más de aquellos que se afanan como él que de los que ya han superado esta etapa. Entonces me di cuenta de nuevo, aunque en un plano superior y más internacional que en el instituto, de cuán fecundo es el entusiasmo colectivo. Mientras que mis amigos vieneses procedían casi todos de la burguesía (e incluso nueve de cada diez, de la burguesía judía, con lo cual no hacíamos sino duplicarnos y multiplicarnos en nuestras aficiones y deseos), los jóvenes de aquel mundo nuevo venían de las más diversas capas sociales, de arriba, de abajo, uno de la aristocracia prusiana, otro era hijo de un armador de Hamburgo, el tercero provenía de una familia de campesinos de Westfalia; de pronto me encontré viviendo en un círculo en que había auténticos pobres, vestidos con ropas remendadas y zapatos agujereados, una esfera, pues, con la que no había tenido contacto en Viena. Me sentaba a la misma mesa que bebedores empedernidos, homosexuales y morfinómanos, di la mano, y con orgullo, a un estafador archiconocido y condenado a prisión (más adelante publicó sus memorias y entró así en nuestro grupo de escritores). Todo lo que a duras penas había creído de las novelas realistas se acercaba y se reunía en los pequeños cafés y fondas donde me introdujeron, y, cuanto peor era la fama de alguien, más ávido se volvía mi interés por conocerlo personalmente. Por otro lado, hay que decir que este amor o curiosidad especial por las gentes expuestas a un peligro me ha acompañado durante toda mi vida; incluso en los años en que hubiera convenido ser más escrupuloso, los amigos me regañaban a menudo por la clase de gente amoral, poco de fiar y francamente comprometedora con la que trataba. Quizá la esfera de solidez de la cual procedía y el hecho de que hasta cierto punto me sentía agobiado por el complejo de «seguridad», hacían que me parecieran fascinantes todos aquellos que dilapidaban con desprecio la vida, el tiempo, el dinero, la salud y la reputación: los apasionados, los monomaníacos de la simple existencia sin objetivos; y tal vez el lector observará en mis novelas y narraciones cortas esa predilección por las naturalezas indómitas y de vida intensa. También se añadía a todo aquello la atracción por lo exótico y extranjero; prácticamente cada uno de aquellos hombres era un regalo de un mundo extraño para mi curiosidad. En el dibujante E. M. Lilien, hijo de un pobre maestro tornero ortodoxo de Drohobycz, encontré por primera vez a un auténtico judío del Este y conocí a través de él un judaísmo de una fuerza y de un fanatismo pertinaz desconocidos para mí. Un joven ruso me tradujo los pasajes más bellos de Los hermanos Karamazov, una obra que en aquel entonces era todavía desconocida en Alemania; una muchacha suiza me enseñó por primera vez cuadros de Munch; frecuentaba talleres de artistas (si bien malos) para observar su técnica; un adepto me introdujo en un círculo espiritista; experimenté la vida en sus mil formas y variedades y no me hastié. La intensidad, que en el instituto había desplegado sus fuerzas sólo en sus meras formas, la rima, el verso y las palabras, se proyectó ahora sobre las personas; desde la mañana hasta la noche, en Berlín siempre me encontraba en compañía de gente nueva, siempre distinta, que me entusiasmaba, me defraudaba e incluso me estafaba. Creo que ni en diez años me he recreado en tanta compañía intelectual como en aquel escaso semestre berlinés, el primero de total libertad.


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