Memorias de un europeo El mundo de ayer

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Mirándolo bien, parecía lógico que una variedad tan inusual de estímulos tuviera que significar un aumento extraordinario de mis ganas de crear. Pero, en realidad, ocurrió justo lo contrario. Mis pretensiones de antes, exageradamente hinchadas por la exaltación intelectual del instituto, se deshincharon poco a poco. Cuatro meses después de su publicación, no entendía de dónde había sacado el valor para editar aquel volumen de poemas inmaduros; seguía pensando que mis versos eran una buena obra de artesanía, mañosa e incluso en parte remarcable, que habían nacido de un ambicioso gusto por jugar con la forma, pero ahora me resultaban artificiales en cuanto al contenido. Igualmente, a raíz de aquel contacto con la realidad, noté en mis primeras narraciones un olor a papel perfumado; escritas con una ignorancia total de las realidades, mostraban una técnica de segunda mano, copiada siempre de otros. Una novela, terminada hasta el último capítulo, que había llevado conmigo a Berlín para hacer feliz a mi editor, no tardó en servir para encender la estufa, porque mi fe en la competencia de mi formación de bachiller había recibido un fuerte golpe con aquella primera ojeada a la vida real. Era como si hubiera retrocedido dos cursos en el colegio. De hecho, después de mi primer volumen de versos, introduje una pausa de seis años antes de publicar el segundo, y sólo tres o cuatro años después publiqué mi primer libro de prosa; siguiendo el consejo de Dehmel, por el cual todavía hoy le estoy agradecido, aproveché el tiempo traduciendo de lenguas extranjeras, cosa que aún considero la mejor manera, para un poeta joven, de entender el espíritu de la propia lengua de un modo profundo y productivo. Traduje los poemas de Baudelaire, algunos de Verlaine, Keats y William Morris, un pequeño drama de Charles van Lerberghe y una novela de Camille Lemonnier pour me faire la main. Cada lengua, con sus giros propios, se resiste a ser recreada en otra y desafía las fuerzas de la expresión, que de otro modo no se suelen movilizar espontáneamente, y esta lucha por arrancar a la lengua extranjera lo más propio que tiene y forzar la lengua propia a incorporarlo con la misma plasticidad siempre ha significado para mí una clase especial de goce artístico. Como esa labor callada y, a decir verdad, poco agradecida, exige paciencia y constancia, virtudes que en el instituto rehuí con ligereza y osadía, me apeteció de manera especial; y es que en esa modesta actividad de transmisión de valores artísticos ilustres encontré por primera vez la seguridad de estar haciendo algo práctico e inteligente, una justificación de mi existencia.


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