Memorias de un europeo El mundo de ayer

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Desde entonces vi claro en mi interior el camino que debía seguir en los años venideros: ¡ver mucho, aprender mucho y sólo después empezar de verdad! ¡No presentarme ante el mundo con publicaciones precipitadas, antes de saber bien lo esencial del mundo! Berlín, con su poderoso mordiente, no había hecho sino aumentar mi sed. Y miré a mi alrededor buscando en qué país iba a pasar las vacaciones de verano. Escogí Bélgica. A finales del siglo este país había tomado un alto vuelo artístico y en cierto modo incluso había superado a Francia en intensidad.

Khnopff y Rops en la pintura, Constantin Meunier y Minne en las artes plásticas, Van der Velde en las industriales, Maeterlinck, Eekhoud y Lemonnier en la poesía, dieron la medida, sublime, de la nueva fuerza europea. Pero sobre todo me fascinó Emile Verhaeren, porque marcó un camino completamente nuevo a la lírica. Lo descubrí en cierto modo en privado, puesto que era del todo desconocido en Alemania y la literatura oficial lo había confundido durante mucho tiempo con Verlaine, del mismo modo que había confundido a Rolland con Rostand. Y amar a alguien uno solo quiere decir amarlo dos veces.




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