Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Primero examinaron la cartera ante todos nosotros. El resultado fue sorprendente. No porque contuviera billetes de mil o cien francos, ni siquiera uno solo, sino ni más ni menos que veintisiete fotografías de famosas bailarinas y actrices muy escotadas, así como tres o cuatro fotografías de desnudos, todo lo cual no puso de manifiesto otro delito que el de que aquel mozo delgado y tristón era un amante apasionado de la belleza y quería que las estrellas del mundo teatral de París, inasequibles para él, descansaran cerca de su corazón, cuando menos en fotografía. A pesar de que el subprefecto examinó con mirada severa una por una las fotos de mujeres desnudas, no se me escapó que ese extraño gusto de coleccionista en un delincuente de semejante categoría lo divertía tanto como a mí. Y es que mi simpatía por aquel pobre ladrón había aumentado aún más gracias a su inclinación por la belleza y la estética, y cuando el funcionario, tomando solemnemente la pluma, me preguntó si quería porter plainte, esto es, presentar una demanda contra el delincuente, por supuesto contesté con un “no” rotundo.