Memorias de un europeo El mundo de ayer

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Y valió la pena. Apareció un pobre diablo entre dos corpulentos sargentos que todavía hacían destacar más grotescamente su endeble delgadez: desharrapado, sin cuello, con un bigotito caído y un rostro de rata triste, visiblemente medio muerto de hambre. Era, si se me permite, un mal ladrón, como lo había demostrado con su técnica chapucera, puesto que no había huido inmediatamente del hotel con la maleta. Estaba de pie ante el fornido policía, con la cabeza gacha, temblando ligeramente como si tuviera frío; y para mi vergüenza tengo que confesar que incluso sentí una cierta simpatía por él. Además, este interés compasivo aumentó cuando un policía puso sobre una mesa grande, ceremoniosamente ordenados, todos los objetos que le habían encontrado durante el registro. Era difícil imaginarse una colección más extraña: un pañuelo de lo más sucio y astroso, una docena de ganzúas y llaves falsas de todos los tamaños que tintineaban en un llavero, y una cartera gastada y raída, pero por fortuna ni una sola arma, cosa que por lo menos demostraba que el ladrón ejercía su oficio sin pericia, pero también sin violencia.






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