Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Luego, el hotelero y yo tuvimos que volver a la comisaría para asistir al acto oficial. Nos mandaron entrar en el despacho del subprefecto, un hombre desmesuradamente gordo, bigotudo y de trato agradable, que, con la chaqueta desabrochada, estaba sentado detrás de un escritorio de lo más desordenado, repleto de papeles. Todo el despacho olía a tabaco, y una enorme botella de vino encima de la mesa indicaba que aquel hombre no era en absoluto uno de los crueles y hostiles servidores de la Santa Hermandad. Ante todo dio la orden de que trajeran la maleta; yo debía comprobar si faltaba algo importante. El único objeto aparentemente de valor era una carta de crédito de dos mil francos, ya un poco raída después de unos meses de estancia en París, pero, por razones obvias, esa carta no tenía utilidad más que para mí y, de hecho, seguía intacta en el fondo de la maleta. Una vez concluido el atestado, según el cual yo reconocía que la maleta era de mi propiedad y que no habían robado nada de su contenido, el subprefecto mandó llamar al ladrón, a quien yo deseaba ver con no poca curiosidad.