Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Apenas había pronunciado yo mi “No” decisivo, se produjo un incidente triple. El hombre delgado se levantó de un salto entre los dos policías y me dedicó una mirada llena de indescriptible gratitud, que jamás olvidaré. El subprefecto dejó la pluma encima de la mesa, satisfecho; a él también le resultó grata, claro está, mi negativa a procesar al ladrón, pues así se ahorraba más papeleo. Pero el dueño de mi hotel no compartía mi opinión. Se puso rojo como un tomate y me chilló de mala manera diciendo que yo no tenía derecho a hacerlo, que era preciso acabar con aquella gentuza, cette vermine, que yo no tenía idea del daño que causaba esa clase de gente; las personas honradas tenían que andar con cuidado noche y día para protegerse de aquellos canallas y, si soltaban a uno, era como si alentaran a otros cien. Fue una explosión de honradez y probidad, y a la vez de mezquindad, de un pequeño burgués al que le habían alterado el buen funcionamiento del negocio; en consideración a las molestias que le había causado el asunto, me exigió, casi con grosería y amenazas, que revocara mi perdón. Pero yo me mantuve firme en mi decisión. Le dije en un tono resuelto que había recuperado mi maleta y que, por lo tanto, no tenía que lamentar ningún daño y daba el caso por cerrado; que en toda mi vida no había presentado demanda contra nadie y que para almorzar me comería un bistec muy grande más a gusto sabiendo que nadie tendría que comerse, por mi culpa, el rancho de la prisión. Mi hotelero replicaba cada vez más enfadado y, cuando el funcionario le explicó que no era él sino yo quien tenía que decidirlo y que mi negativa había cerrado el caso, se volvió bruscamente y salió de la sala echando pestes y dando un portazo. Sonriendo ante el berrinche del hotelero, el sub-prefecto se levantó y me tendió la mano en un gesto de tácito acuerdo. Así terminó la actuación oficial. Yo iba a coger la maleta para llevármela a casa cuando ocurrió algo singular: el ladrón se me acercó presuroso y con actitud humilde.